
Era un buen chaval, servicial y atento. Pero con una gran
facilidad para decirte la verdad. No se cortaba de nada, ni de nadie. A él todo
le daba igual. Si veía que algo era cierto, pues no lo callaba y listo. No le
importaba como te sintieses o si lo que te decía, te podía cabrear. Él nunca se
anduvo con medias tintas.
¡Ay José, como eras! Desde chiquillo contestaba, lo primero
que le recorriese por su boca. Recuerdo cuando
no era más grande, que un cepo de leña. Paseaba con su madre cogido de la mano.
Siempre estuvo muy ligado a ella. Iban juntos a la compra, uno al lado del
otro. Y nosotros, cabrones de nosotros le decíamos:
-
- Joselillo, Joselillo, niño de teta es. ¿Cuándo dejarás
la teta de mamá?
El muy cabroncete ya de pequeño tenía
salida para todo. Y con un desparpajo sobrenatural nos contestaba.
-
¡Cabrones recelosos! Dejaré la teta de mamá
cuando pueda chupar de otra ¡imbéciles!
Y de otra teta terminó rechupeando. De la teta de la pobre
María José, pero muy bien no tenía que chupar. Pronto lo dejó, Se fue con otros
y medio hijo le dejó. Y sí, digo medio hijo. Porque el chiquillo era más negro
que el carbón. Y José de negro… bueno negros eran sus ojos. Aun así, cuidó del Miguel.
Le ayudo en todo lo posible. Le dio estudios, comida, cariño a su manera y le ayudo
a encontrar trabajo en su África natal.
“Que se mueran los feos”. Que falta nos hacía
ahora el Miguel. Aquí estamos, en el tanatorio. Velando el cuerpo del José. Benancio,
Rodrigo, Marqués y servidor. Pensando como vamos a hacer. Ya no tiene familia
en el pueblo, su medio hijo en el extranjero. Su mujer en cama de sabe Dios
quien. Y nosotros cuatro juntos que no hacemos uno solo. Y es que, los años
pasaron para todos, menos para el pobre José. Pero a quien se lo cuente. “Que
se mueran los feos”. Y caerse como un saco de patatas al suelo. ¡Menudo José!
¿Y ahora qué? ¿Quién cargará con su cuerpo, al campo santo?
¿Qué cojones, le ponemos de epitafio? “Que
se mueran los feos” hombre, no sé yo… Pero que leñes, esas fueron sus
últimas palabras. Una vida resumida en cinco palabras absurdas.
Benancio me habla, algo susurra. Pero ya va tan viejo que
casi no se le entiende.
-
Benancio cojones, ¿Qué andas diciendo? Yo casi
no lo escucho, pero Marqués ríe a carcajada limpia y Rodrigo también.
Me acerco lentamente a ellos, lo
que el cuerpo y mi bastón me permite. Al acercarme les pregunto.
-
Cabrones de que cojones os reís. No veis que
este no es lugar para la risa. Que diría el pobre José.
Marqués me contesta.
-
Benancio que un señor poeta. Ha tenido la solución
perfecta para el epitafio.
-
¡Enga coño, no te hagas el interesante y escupe
por esa boca de viejo.
Benancio contesta. – Porque no
ponemos: “José hombre sincero hasta el
final. Tan sincero era, que se lo llevó la verdad”
Las risas fueron una en el tanatorio. Era cierto que
el bueno de Benancio era todo un poeta. Pienso que José se sentiría contento. Además
eso sería mucho mejor que. “Que se mueran
los feos”
PD: Historia dedicada a todos aquellos que quieren vivir con la verdad por delante.
PD: Historia dedicada a todos aquellos que quieren vivir con la verdad por delante.
Muy bueno, entrañable y con pinceladas costumbristas más que dignas.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho.
Ya me presentarás a Benancio.
;)
Gracias! Benancio con lo que se la ha venido encima, dudo que tenga el cuerpo para mucha alegría. Es todo un placer saber que gusta y mucho más saber que se lee. Un abrazo y gracias!
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