El joven se
puso de pie en medio de la reunión. Todo el mundo lo miró con asombro. No era
más que un chaval de unos dieciocho años; delgado, larguirucho y con pinta
desalineada. El joven giro sobre si mismo, con la intención de que toda la sala
fuera consciente, de que él hablaría para todos. Y no como estaba ocurriendo, que unos pocos hablaban para si mismos. Como
si este problema fuese una lucha interna de egos.
El muchacho
de semblante serio, desafiante mira a los que estaban comandando la reunión y
dice:
- “Asaltaron por nosotros castillos. Derramaron su sangre por hacernos libres. Nos dieron la oportunidad de ser nosotros mismos los que decidiésemos. Y ahora nosotros, no somos capaces de echar una puerta abajo, cogerlos por la pechera y recordarles, que como hombres libres, tenemos dignidad.”
Otro chico
más mayor, de unos treinta años se alza como el anterior. No mira a nadie más
que al muchacho de semblante serio. Y con una voz potente dice:
- "Este joven tiene razón. De toda la vida el camino más efectivo ha sido ese. Demostrarles que el pueblo tiene el poder. El poder de la mayoría, de la multitud. Somos más y mejores que ellos. No debemos sucumbir al miedo. ¡DEBEMOS HACERLES FRENTE¡”

Un hombre de
mediana edad. Alrededor de unos cincuenta años. Aplaca los plausos y los gritos
con sus brazos. Los mueve de arriba a bajo, intentando que los gritos cesen y
poco a poco se hace el silencio. Es su turno de hablar.
- "Vosotros sois muy jóvenes. No recordáis ciertos momentos que ha pasado este país. Pero este tiempo confuso y de tensiones no es muy distinto a otros ya vividos. Recuerdo que cuando era joven como vosotros. Nos alzamos contra el gobierno, discutimos sus normas y su moral de doble filo. Quisimos cambiar lo que no nos gustaba, en nombre de la Libertad, nuestra libertad. Y cual fue el resultado. Pues que fuimos aplastados por las fuerzas del orden. Pude ver como un amigo mio perdió un ojo. Lo perdió con un simple golpe de porra. Y ahora vosotros, gritáis a los cuatro vientos que queréis entrar en la casa de los poderosos y ponerles las cosas claras. Yo no lo veo tan sencillo.”
Parece que
los ánimos decaen en la sala. El silencio parece más rotundo y amargo. Pero como
no podía ser menos. Otro hijo, otra sabia nueva se levanta. Y se dirigen con
fuerza al publico allí presente.
- "Cierto, nosotros no lo hemos vivido todo. Y cierto también que antes se ha intentado. Pero tal vez, no se intentó como se debía. Es posible que antes no existiesen los medios necesarios para conseguir hacerles frente. Que estuviesen mejor respaldados por las fuerzas de seguridad. Pero nos podemos armar. Nos podemos hacer tan fuertes como ellos, y así hacerles frente con la seguridad. De que esta vez, la victoria será nuestra.”
Un grupo de
la sala vuelve a levantar sus voces. Son gritos unánimes y seguros. Parece que
la decisión está tomada. Pero no todo el mundo está de acuerdo. Es turno de uno
de los abuelos de la sala. Este se levanta, pero no se detiene en el lugar que
ocupa. Lentamente se acerca al medio de la sala. Con un paso débil se coloca en
medio de la sala, en donde él cree que será visible. El abuelo carraspea y
comienza a hablar.
- “Estáis locos, habláis de armas y organización. De luchar por la libertad y de ganar al poderoso con una seguridad pasmosa. Estáis locos y sois estúpidos. En mis tiempos el país se dividió en dos. Tomamos las armas y nos hicimos los fuertes. Y sabéis cual fue el resultado. ¡SANGRE Y DESGRACIA! Ese fue el resultado. Queréis lo mismo, otra vez. Pensar un poco. Los poderosos son cada vez más poderosos. Están mejor preparados. Pues ellos también conocen la historia y al pueblo. Lo que estáis diciendo es que existe un problema. Que nos están jodiendo. Y lo único que se os pasa por la cabeza es hacerles frente con la fuerza. Estoy empezando a pensar que tenían razón. Era mejor que no fuésemos libres. Pues todo cuando decís de la libertad es que, somos libres de organizarnos y hacer el estúpido. De perder nuestras vidas y poner en peligro a quienes queremos por hacer lo que queremos.”
Los rostros
de los participantes comienzan a cambiar. Una mezcla entra desanimo y frustración
recorre la sala. El silencio parece rotundo y permanente. Pero todo esto se
rompe con los llantos de un niño. Un niño de ocho años que rompe a llorar
desconsoladamente. La gente que lo rodea lo intenta consolar pero entre los lloros
el niño rompe a gritar.
- “! NO ENTIENDO NADA! ¡POR QUÉ SE TENÉIS QUE MORRIR! A mi me enseñan que no se pega a la gente. Que si tienes un problema se habla con ellos. Pero no me enseñan a pegar y a hacer daño. Y ahora, queréis pegar a la gente. Y podéis morir. ¿Y todo por qué? ¡NO LO ENTIENDO, NO OS ENTIENDO!.”
Ahora si que
la sala se queda en un rotundo silencio. Parece que esta asamblea acaba de
terminar. Y lo peor de todo ello, es que nadie ha aprendido nada y que el
problema sigue ahí.
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